17 kilómetros al día en bicicleta, a los 92 años, le ayudan a vivir

A la edad de 92 años, José Fernández, hace más de diecisiete kilómetros diarios con su bicicleta y afirma que "no me duele nada"

Está suficientemente demostrado que el ejercicio físico, a cualquier edad, es una terapia más que imprescindible para mantenerse en forma y combatir la obesidad y demás anomalías producidas por el paso de los años. Y un ejemplo de lo conveniente que es mantenerse en forma lo sabe muy bien José Fernández Yznar, un abuelo de 92 años que dedica todos los días hora y media a montar en bicicleta. El siempre ha sido un amante de la bici --su abuelo le compró la primera, por cinco duros, cuando tenía trece años-- y desde aquellos lejanos tiempos siempre ha contado con una bicicleta en casa, pero fue desde que se jubiló cuando comenzó a practicar a fondo este deporte. Nunca ha competido con nadie, aunque salía a la carretera con otros ciclistas, pero ahora ya no lo hace porque le da miedo. "Hay mucho tráfico y a los ciclistas no los respeta nadie", dice.

Por eso su paseo diario, que comienza a las ocho de la mañana, consiste en dar vueltas por el parque de su barrio (Miralbaida). Ha medido el itinerario y los mil cien metros que tiene los repite dieciséis veces. Si un día amanece lluvioso o con mucho frío, se queda en casa practicando en la bici estática. No pierde ni una jornada. Dice muy convencido que "la bici me ayuda a vivir, deparándome una vida mucho más sana. No me duele nada y el azúcar y el colesterol ni los conozco".

El mismo, como buen manitas, arregla las averías de su bici e incluso las de sus vecinos, que ven en él un espejo de dedicación y tenacidad, y lo tienen de ejemplo ante la manera de vivir de muchas personas, que prefieren la comodidad del sillón. José no ha fumado nunca ni ha tomado alcohol, pero sí ha sido un buen comensal. Lo que más le gusta es el arroz, ese tan exquisito que elaboraba su esposa, Antonia, con la que se casó en Bujalance, y que era plato obligado y exigido por la clientela en su pequeño negocio de hostelería. No renuncia tampoco, cuando acaba su paseo cotidiano, a su partida diaria de dominó con sus amigos en el centro de la tercera edad: "En la vida hay que tener tiempo para todo" dice socarrón.

Aunque es natural de Fuentes de Andalucía (Sevilla), este hombre de carácter afable y jovial se considera cordobés de corazón, ya que lleva viviendo entre nosotros ochenta años. Se crió en la finca sevillana de Castillo de la Monclova, donde sus padres eran ganaderos de vacas, cabras y ovejas, y allí, precisamente, comienza con nueve años a trabajar cuidando un rebaño de cabras.

Recuerda cómo un día, estando solo en el prado, vio pasar un zeppelín y esa imagen le asustó mucho y salió corriendo a buscar a su padre. Cuando contaba con 12 años, sus progenitores se trasladan a Córdoba, contratados para trabajar en una finca, y aquí el chico asiste al colegio de los Salesianos hasta que el padre considera que tiene edad para ayudar económicamente a la familia, que estaba pasando las penurias lógicas de la posguerra.

Abandonado el centro escolar, se incorpora al trabajo familiar del ganado, pero no se sentía cómodo. No le agrada demasiado la idea de estar vinculado siempre a vacas y cabras, y se coloca de guardia municipal, labor que desempeña durante casi diez años, pero el sueldo (750 pesetas) no le llega para mantener a su incipiente familia --ya tenía dos hijos, en total tiene cuatro--, y se arriesga a montar su propio negocio. En la barriada nueva de Electromecánicas instala un quiosco de bebidas que, hasta su jubilación, le deparó una vida económicamente saneada. La misma que le depara ahora la bicicleta, pues nadie diría, con la vitalidad que muestra, que cuente con 92 años de edad. Todo un ejemplo.

Fuente: Diariodecordoba.com